domingo, 9 de septiembre de 2012

Hasta que el horizonte deje de existir.


Antes de empezar a leer, dale al play a esta canción. Prométeme que leerás despacio, muy despacio, mientras la escuchas, sin distraerte, sin prestar atención a nada más que a estas palabras y a la música que suena de fondo. Dale al play y bienvenido al otro lado de mi mente.




Súbete a un coche, en el asiento del copiloto. Espera, estás saliendo de la ciudad, a la autopista. Ya el coche no se detiene, no hay atascos, apenas hay vehículos. Tienes una larga carretera de aquí en adelante, hasta que el horizonte deje de existir, hasta que el mar te detenga. No te preocupes por la velocidad, el coche sabe adónde tiene que ir, a ninguna parte. Mira. La ventanilla te está invitando a mirar. Todo pasa muy rápido, no dejes que se te escapen esas colinas verdes definidas por el cielo, aquella casa vieja de paredes blancas con un pequeño corral, el hospital a mitad de montaña, una gasolinera vacía y fugaz, un gato muerto en la carretera, una nube inmóvil en forma de corazón, una señal doblada, las líneas discontinuas en la autopista, el rastro de un accidente, los bomberos a toda velocidad, un hilo de humo a lo lejos, unos campos de cultivo, un águila buscando comida, una docena de vacas pastando, una fábrica de aceite , un pantano o una presa, un rayo de sol que te ciega, un arcoíris a lo lejos entre las nubes grises, un pequeño tornado, un relámpago en plena tormenta, el cielo azul a las diez de la mañana, el cielo oscuro al anochecer, las pequeñas estrellas que se atreven a asomarse, la luna llena, la luna menguante, la no luna, el atardecer teñido de rosa, el amanecer teñido de rojo, un caballo galopando, un cometa cruzando el cielo, un incendio al otro lado de la montaña, cenizas dejándose llevar por el viento, la lluvia empapando la hierba, las gotas que resbalan por el cristal, un insecto que se choca contra la ventanilla, un coche que explota, un camión que vuelca, una pistola que dispara, una vida que muere, una camisa que se vuela, una chispa que salta, un cigarro que se consume, una lata que rueda…
Ahora sabes que has tenido la oportunidad de ver todo esto, o al menos la mayoría, lo has visto, pero al bajar del coche, ¿realmente te has dado cuenta de que lo has hecho?
Mientras las colinas se alejan piensas en ese examen que no aprobaste después de habértelo currado todo el verano, no te ha dado tiempo a fijarte en que la gasolinera estaba vacía, pues estabas mirándote en el reflejo, colocándote el pelo, no has hecho caso a las líneas discontinuas, están ahí siempre, el rastro del accidente te ha hecho recordar que el peligro está a la vuelta de la esquina, y al pensar en ello, ni te has fijado en el hilo de humo que escapa de la tierra.  Te has parado a ver el atardecer un segundo, mientras pensabas en aquella persona que tanto te gusta y tan inquieto te tiene, la lluvia es invisible cuando estás pensando en una situación sexual con esa persona, el caballo galopando no existe cuando te acuerdas del café tan delicioso que te has tomado esta mañana, el ruido que hace el insecto al darse el golpe contra el cristal es imperceptible si el móvil suena y tus amigos se acuerdan de ti, las cenizas del incendio se deshacen antes de que levantes la cabeza para continuar tu observación, el camión del carril contrario vuelca mientras tu ríes acordándote de la borrachera de Nochevieja con tus amigos, el cigarro no se consume porque la lluvia lo apaga, la lata no rueda porque ha cesado el viento. Y todavía no te has dado cuenta de que no hay nadie conduciendo. Sigues esperando a que se acabe el horizonte, a que te detenga el mar, pensando, llorando, riendo, maldiciendo, soñando, recordando, mientras ves todo aquello que no ves, tu alrededor, tu mundo viviendo. El coche no se va a detener hasta que no veas cada amanecer, cada anochecer y cada relámpago caer en el suelo, pero cuando ya has visto todo, llega a un muelle y se detiene. Miras al asiento del piloto y no ves a nadie. El motor se ha detenido. Te preguntas si tu viaje ya ha llegado a su fin, adónde vas ahora y qué haces allí. Pero mira. El mar está invitándote a dar un paseo. Las olas chocan contra las rocas y quieres asomarte. Abres la puerta del coche con miedo y lentitud y lo primero que te sorprende es ese rico aroma a mar, brisa salada y cálida que te revuelve el pelo y te hace cerrar los ojos. Ni siquiera cierras el coche y caminas por las húmedas tablas de madera, notando sus crujidos, sus quejas, hasta el final. Un reflejo inmóvil te sonríe desde tus pies, un reflejo sobre un fondo oscuro y frío. Míralo. Y ahora vuelve a mirar adelante, se acerca un barco. ¿Listo para continuar hasta que el horizonte deje de existir?

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