Antes de empezar a leer, dale al play a esta canción.
Prométeme que leerás despacio, muy despacio, mientras la escuchas, sin
distraerte, sin prestar atención a nada más que a estas palabras y a la música
que suena de fondo. Dale al play y bienvenido al otro lado de mi mente.
Súbete a un coche, en el asiento
del copiloto. Espera, estás saliendo de la ciudad, a la autopista. Ya el coche
no se detiene, no hay atascos, apenas hay vehículos. Tienes una larga carretera
de aquí en adelante, hasta que el horizonte deje de existir, hasta que el mar
te detenga. No te preocupes por la velocidad, el coche sabe adónde tiene que
ir, a ninguna parte. Mira. La ventanilla te está invitando a mirar. Todo pasa
muy rápido, no dejes que se te escapen esas colinas verdes definidas por el
cielo, aquella casa vieja de paredes blancas con un pequeño corral, el hospital
a mitad de montaña, una gasolinera vacía y fugaz, un gato muerto en la
carretera, una nube inmóvil en forma de corazón, una señal doblada, las líneas
discontinuas en la autopista, el rastro de un accidente, los bomberos a toda
velocidad, un hilo de humo a lo lejos, unos campos de cultivo, un águila buscando
comida, una docena de vacas pastando, una fábrica de aceite , un pantano o una
presa, un rayo de sol que te ciega, un arcoíris a lo lejos entre las nubes
grises, un pequeño tornado, un relámpago en plena tormenta, el cielo azul a las
diez de la mañana, el cielo oscuro al anochecer, las pequeñas estrellas que se
atreven a asomarse, la luna llena, la luna menguante, la no luna, el atardecer
teñido de rosa, el amanecer teñido de rojo, un caballo galopando, un cometa
cruzando el cielo, un incendio al otro lado de la montaña, cenizas dejándose
llevar por el viento, la lluvia empapando la hierba, las gotas que resbalan por
el cristal, un insecto que se choca contra la ventanilla, un coche que explota,
un camión que vuelca, una pistola que dispara, una vida que muere, una camisa
que se vuela, una chispa que salta, un cigarro que se consume, una lata que
rueda…
Ahora sabes que has tenido la
oportunidad de ver todo esto, o al menos la mayoría, lo has visto, pero al
bajar del coche, ¿realmente te has dado cuenta de que lo has hecho?
Mientras las colinas se alejan
piensas en ese examen que no aprobaste después de habértelo currado todo el
verano, no te ha dado tiempo a fijarte en que la gasolinera estaba vacía, pues
estabas mirándote en el reflejo, colocándote el pelo, no has hecho caso a las
líneas discontinuas, están ahí siempre, el rastro del accidente te ha hecho
recordar que el peligro está a la vuelta de la esquina, y al pensar en ello, ni
te has fijado en el hilo de humo que escapa de la tierra. Te has parado a
ver el atardecer un segundo, mientras pensabas en aquella persona que tanto te
gusta y tan inquieto te tiene, la lluvia es invisible cuando estás pensando en
una situación sexual con esa persona, el caballo galopando no existe cuando te
acuerdas del café tan delicioso que te has tomado esta mañana, el ruido que
hace el insecto al darse el golpe contra el cristal es imperceptible si el
móvil suena y tus amigos se acuerdan de ti, las cenizas del incendio se
deshacen antes de que levantes la cabeza para continuar tu observación, el
camión del carril contrario vuelca mientras tu ríes acordándote de la
borrachera de Nochevieja con tus amigos, el cigarro no se consume porque la
lluvia lo apaga, la lata no rueda porque ha cesado el viento. Y todavía no te has
dado cuenta de que no hay nadie conduciendo. Sigues esperando a que se acabe el
horizonte, a que te detenga el mar, pensando, llorando, riendo, maldiciendo,
soñando, recordando, mientras ves todo aquello que no ves, tu alrededor, tu
mundo viviendo. El coche no se va a detener hasta que no veas cada amanecer, cada
anochecer y cada relámpago caer en el suelo, pero cuando ya has visto todo,
llega a un muelle y se detiene. Miras al asiento del piloto y no ves a nadie.
El motor se ha detenido. Te preguntas si tu viaje ya ha llegado a su fin,
adónde vas ahora y qué haces allí. Pero mira. El mar está invitándote a dar un
paseo. Las olas chocan contra las rocas y quieres asomarte. Abres la puerta del
coche con miedo y lentitud y lo primero que te sorprende es ese rico aroma a
mar, brisa salada y cálida que te revuelve el pelo y te hace cerrar los ojos.
Ni siquiera cierras el coche y caminas por las húmedas tablas de madera,
notando sus crujidos, sus quejas, hasta el final. Un reflejo inmóvil te sonríe
desde tus pies, un reflejo sobre un fondo oscuro y frío. Míralo. Y ahora vuelve
a mirar adelante, se acerca un barco. ¿Listo para continuar hasta que el
horizonte deje de existir?
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