Te odio. Te odio cuando agachas la
cabeza. Odio como apartas la mirada, como me disparas con ella en el medio del
pecho. Odio tu voz carrasposa y rasgada al responder con palabras secas y
huecas. Odio como dispersas mis manos cuando se acercan a acariciarte. Odio
pedirte que sonrías y que no vea más que una media sonrisa construida con
cenizas. Odio esos bostezos sin acabar, esas lágrimas que se ríen en mi cara.
Esos puños tatuados con sangre. ¿Qué puedo hacer, si todo lo que hago cae a un
pozo sin fondo? No eres tú así, por eso te odio. Y he dejado de partirme
nudillos por ti, porque ya no eres tú quién me los cura.
Puedo inventarme tu voz, volverme sorda
y construirte de nuevo. Primero tus manos, se abren limpias, desaparecen las
magulladuras. Después tu rostro, lo alzas y me miras, tus ojos se apaciguan y
las cenizas de tu boca se vuelan, sonriendo de verdad. Las lágrimas se secan y
me curas los nudillos, me pides perdón y envuelves mis manos con las tuyas.
Suspiro, y al expulsar todo el aire contenido, desaparece y vuelven a mirarme
esos ojos fríos.
‘¿Por qué sufres?’, quiero preguntarte.
Y responderías: ‘Porque estoy queriendo,
estoy amando.’

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