viernes, 7 de septiembre de 2012

Fun.

Estoy harta de salir a la calle, de encontrarme con esas miradas por encima del hombro, esos bruscos golpes de codos que de vez en cuando hacen que se te caiga algo de las manos, esos silbidos obscenos de un grupo de treintañeros que te hace caminar con más rapidez, acobardándote con la posibilidad de que te sigan con la calma... Pero a la vez adoro mi ciudad. Si no hubiese peligro, ¿quién me garantizaría diversión?
Cada noche que vuelvo a mi casa, llego fatigada a mi cuarto, acalorada y con ganas de tirarme a la cama, todo por las enormes zancadas cuesta arriba hacia mi edificio. Soy una miedica. En cuánto me quedo sola me faltan ganas para echar a correr. Pero esa sensación de llevar los cascos puestos y sentir que alguien camina detrás de ti durante un largo tiempo es uno de mis peores pánicos. Bajas el volumen y contienes la respiración, quieres estar atenta a cada uno de sus movimientos, a si acelera, a si tose, a si ríe... Cada vez andas más deprisa, fingiendo mirar a los lados para echar un vistazo por el rabillo del ojo. Sigue ahí. Sacas las llaves, dando a entender que vas a llegar hasta que dejas de oírle. Miras, se ha desviado y camina en una dirección opuesta. Ya eres feliz, ya llegas sana y salva a tu casa y los últimos cinco minutos ¡qué mas dan! A nadie le da tiempo a violarte. 
Llamadme paranoica, pero ¿a cuántas no les ha pasado más de una vez? Todas vivimos con el miedo de que nos ataquen alguna noche de camino a casa. 
Y no voy a negar que para mí ese peligro, es una aventura que debo superar cada noche. Mientras no ocurra, es divertido. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario