Cada noche que vuelvo a mi casa, llego fatigada a mi cuarto, acalorada y con ganas de tirarme a la cama, todo por las enormes zancadas cuesta arriba hacia mi edificio. Soy una miedica. En cuánto me quedo sola me faltan ganas para echar a correr. Pero esa sensación de llevar los cascos puestos y sentir que alguien camina detrás de ti durante un largo tiempo es uno de mis peores pánicos. Bajas el volumen y contienes la respiración, quieres estar atenta a cada uno de sus movimientos, a si acelera, a si tose, a si ríe... Cada vez andas más deprisa, fingiendo mirar a los lados para echar un vistazo por el rabillo del ojo. Sigue ahí. Sacas las llaves, dando a entender que vas a llegar hasta que dejas de oírle. Miras, se ha desviado y camina en una dirección opuesta. Ya eres feliz, ya llegas sana y salva a tu casa y los últimos cinco minutos ¡qué mas dan! A nadie le da tiempo a violarte.
Llamadme paranoica, pero ¿a cuántas no les ha pasado más de una vez? Todas vivimos con el miedo de que nos ataquen alguna noche de camino a casa.
Y no voy a negar que para mí ese peligro, es una aventura que debo superar cada noche. Mientras no ocurra, es divertido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario