Mátame estos nervios, que
acabarán obligándome a hacer tonterías. Tonterías que no me dejan dormir, se me
clavan como piedras en la almohada. Una. Dos. Tres. Seis horas sin dormir,
dando vueltas en un colchón invisible e infinito. Entre decenas de tonterías,
cuánto escapa de nuestra boca. Un chillido de pánico al encontrarte con tu
mayor temor cara a cara, un grito de furia, dos sencillas sílabas llenas de
odio. Puta. Un bostezo inevitable a mitad de una conversación inmensamente
aburrida. Un eructo en el peor momento, rebotando por cada pared de la
habitación. Un suspiro indignado sin saber en qué brazos esconderse. Un orgasmo
rápido entre sudor y labios secos. Una sonrisa tímida de la que nadie se
percata más que la persona más indicada. ‘¿Cuántos cafés has tomado hoy?’ El
placer de pisar un cristal y notarlo crujir bajo tu zapatilla. ‘¿Por qué piensas que he tomado café?’ Tu
aliento te delata, y tus seis horas entre revolcones y pensamientos en las cálidas
sábanas. Yo te vi. A través de la ventana. El cristal se rompió y te
entretienes pisándolo. Claro, cómo tú no lo tienes que arreglar. Tú sólo tomas
cafés, la llamas puta y eructas en la cara de su padre. ¿Quién puede dormir
así?
Es precioso, ¿eh? El color tan
dulce del café, en esa taza de porcelana blanca, su olor ascendiendo hacia el
techo dejando un rastro de humo apenas perceptible. ¿Y qué me dices de esa
espumita color crema? Ahora quiero tomarme un café, antes de acostarme, antes
de clavarme esas piedras en la cabeza. Pero un café no me permitirá dormir, y
yo no quiero rodar por el colchón en plena oscuridad. Mañana arreglaré la
ventana, pediré disculpas a su padre y le diré que la amo. Son esas piedras.
Siempre puedo vaciar mi almohada, o aún mejor, dormir sin ella. Ay, es que la
casa está demasiado vacía. Pero, ¡cómo no va a estarlo! La llame puta y se
largó después del último polvo. Voy a hacerme un café, esta noche no quiero
dormir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario