Resolviendo mis conflictos emocionales desde que descubrí que las pelirrojas traen mala suerte.
lunes, 1 de abril de 2013
Tres clavos
Abril y su entrada triunfal. Y yo sin bragas por la calle, notando la fría lluvia en mi entrepierna armonizada con otro tipo de humedad más cálida. Ni siquiera dio tiempo a intercambiar nuestro típico saludo cortés cuando te dejé mi tanga de encaje en la mano. Tampoco faltaron ganas de empotrarme contra la pared y rebuscar verdades bajo mi falda, verdades que me repito después de sentirte sobre mí, inmovilizada mientras entras y sales hasta el fondo y mi boca se vuelve desierto entre gemidos. Verdades que me dejan durante tres días medio ortopédica, y durante horas con tu sabor en mi boca. Verdades que llevo arrastrando muchos meses y que no son más que tres clavos que se repiten en la yaga cuando comienza a cicatrizar. Tres. Y cada noche que huyo a mi cama para dar el merecido descanso a mi cuerpo pienso en cuanto tiempo llevo sin escuchar una sola palabra sincera desde el corazón, sin ningún tipo de intención sexual. O por qué cuando por fin brota una boca capaz de hacerlo el viento se lleva consigo esas pocas palabras. Son verdades como tres clavos, como tres bocas y una sola que deseo y no para complacer mi celo, si no para curar las heridas que me dejé en mi cruz.
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