Las urracas no saben cantar.
Era una chica tan triste tan triste tan
triste que había roto su sonrisa para no dejar de llorar.
Y tenía la sonrisa más hermosa que la misma
luna. Luna nueva permanente.
Y tenía los dedos rotos de apenas moverlos. Y
los labios secos por perder la costumbre a besar.
Y era más bonita que la misma noche. Vestida
de estrellas hasta cuando salía el sol.
Ser preciosa era todo lo que tenía pero nunca
supo amar.
Y dormía con los ojos abiertos, de noche y de
día, para no olvidarse de respirar.
Pues se le escapaba la muerte por los dedos
rotos, y la vida por la ventana arropada de visillos.
Y todos la besaban. Pero ella no movía sus
labios. Se le había olvidado besar.
Y los árboles no crecían y las nubes
desaparecían y el río enmudecía.
Y ella rota entera, de los dedos a los labios
y de los ojos a los tobillos se cansaba de llorar.
Pero la luna seguía ausente y la sonrisa rota
en la mesa de noche, acariciada por los visillos y las lágrimas de los ojos de
espejos de galaxias.
Y se miraba las manos, a veces. Y nunca las
pudo mover. Porque nunca la supieron amar.
Y alguien dijo "A amar también se
aprende".
Pero ella no tenía con qué pagar, porque todo
lo que poseía estaba roto.
Y su alma siguió con ella, incluso cuando los
huesos rotos se veían.
Atrapada a la ventana de los visillos de
encaje fingido.
Mirando las galaxias y a las urracas
que aprendieron a cantar.
«(…)Luego recostó la cabeza en el espaldar del mecedor
y volvió a cerrar los ojos.
-Cuando despierte –dijo –recuérdame que voy a casarme
con ella.»
Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez

No hay comentarios:
Publicar un comentario