domingo, 7 de abril de 2013

Pensamientos de Nocturnidad II



Las urracas no saben cantar. 
Eso pensaba ella desde su ventana, apartando hacia un lado los visillos de encaje fingido. 
Era una chica tan triste tan triste tan triste que había roto su sonrisa para no dejar de llorar.
Y tenía la sonrisa más hermosa que la misma luna. Luna nueva permanente.
Y tenía los dedos rotos de apenas moverlos. Y los labios secos por perder la costumbre a besar. 
Y era más bonita que la misma noche. Vestida de estrellas hasta cuando salía el sol.
Ser preciosa era todo lo que tenía pero nunca supo amar.
Y dormía con los ojos abiertos, de noche y de día, para no olvidarse de respirar.
Pues se le escapaba la muerte por los dedos rotos, y la vida por la ventana arropada de visillos.
Y todos la besaban. Pero ella no movía sus labios. Se le había olvidado besar.
Y los árboles no crecían y las nubes desaparecían y el río enmudecía.
Y ella rota entera, de los dedos a los labios y de los ojos a los tobillos se cansaba de llorar.
Pero la luna seguía ausente y la sonrisa rota en la mesa de noche, acariciada por los visillos y las lágrimas de los ojos de espejos de galaxias. 
Y se miraba las manos, a veces. Y nunca las pudo mover. Porque nunca la supieron amar.
Y alguien dijo "A amar también se aprende".
Pero ella no tenía con qué pagar, porque todo lo que poseía estaba roto.
Y su alma siguió con ella, incluso cuando los huesos rotos se veían. 
Atrapada a la ventana de los visillos de encaje fingido.
Mirando las galaxias y a las urracas
 que aprendieron a cantar.


«(…)Luego recostó la cabeza en el espaldar del mecedor y volvió a cerrar los ojos.
-Cuando despierte –dijo –recuérdame que voy a casarme con ella.»
Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez

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