miércoles, 10 de abril de 2013

"Próxima estación: Extinguiendo el olvido"



Otra página. El largo viaje que debo recorrer me ha hecho terminarme otro capítulo del libro. Lo único que no me gusta de leer en el metro es perderme las historias dibujadas en los rostros de la gente.  El otro día, al salir de clase, regresaba a casa apoyada en la barandilla, luchando porque mis ojos no se cerrasen. Entró un hombre en una estación, ni siquiera recuerdo cuál era. Algunas veces me encantaría ser invisible para observar a todas esas personas tan curiosas sin discreción, pero el hecho de no poder serlo lo hace más interesante y divertido. Lo que más me llamó la atención fue su cochambrosa gorra vieja ocultando una cabeza rapada y el piercing de la nariz, a juego con otro en la ceja junto a un segundo aro en la misma.  Llevaba unos vaqueros pesqueros y unas zapatillas que conjuntaban mugrientamente con su gorra. Los calcetines negros le subían hasta no quiero saber dónde y llevaba un cómic en la mano. Se sentó en frente de mí y echó un par de miradas a ambos lados del tren con un gesto como si masticara un chicle, pero luego descubrí que era una especie de tic que repetía cada vez que pasaba una página. Su larga perilla de raíces blancas y sus arrugas y andares encorvados me desvelaron a un hombre al que le perseguían los sesenta años. No pude evitar no fijarme poco a poco en cada uno de sus detalles, desde la forma de pasar las páginas hasta la sospechosa mancha de su chaqueta de cuero marrón. “Lo haré personaje de alguna de mis historias” pensé “este hombrecillo no me lo roba el olvido”. Me transmitía fuerza y vida. Me hubiese encantado escuchar su voz y alguna conversación interesante ajena a mí, ser una mosca y perseguirle en su vida durante un día. Pero no tardó ni cinco minutos en ponerse en pie, cerrar el cómic y sacudirse la chaqueta que se le había quedado arrugada por las axilas. Volvió a mirar de un lado a otro y salió por la puerta como un duende con la cabeza hundida en unos hombros que caminaban más que sus piernas. Sonreí sin darme cuenta.
Detuve mi lectura cuando por encima de la primera línea de la cuarta hoja del tercer capítulo vi unos pies familiares.  Levanté la vista y me topé con sus ojos retirándose de mí nerviosos. Pasó por delante de mí y se apoyó en la pared de enfrente, donde lo hace siempre. Todas las mañanas el mismo recorrido, a la misma hora, al mismo lugar.  Es lo único que tenemos en común. Sé su nombre y es más cercano a mí de lo que antes creía, pero sólo me conozco su ropa diaria y sus gestos en soledad de ida y regreso al instituto. He mentido, lo que compartimos más íntimamente son las miradas. Me siento observada cuando finjo abandonar el mundo real o cuando me hago la distraída mirando mi zapatilla izquierda, y justo cuando me dispongo a mirarle me estampo contra sus ojos. Si la química que todos creamos en un viaje de metro fuera una bomba nuclear, la Tierra ya habría desaparecido. Sí, ese tío me llama la atención y adoro compartir los viajes en metro con él, pero nunca sería capaz de acercarme más. Es lo bonito de estos trayectos, que no hay palabras.
Alguna vez en mi vida madrugaré para tirarme el día viajando el metro, no quiero ni imaginarme todo lo que puedo encontrarme. Además sería una gran distracción para no odiar al mundo. Cada vez pienso más que mi problema está en conocer a la gente. Soy feliz con alguien hasta que le conozco. Por eso me gusta fijarme en cada individuo del vagón y asignarle una historia que combine con la canción que se reproduce por mis cascos.
Y cómo toda historias, siempre hay un lado triste. Y es que no volvemos a encontrarnos con ninguna de esas personas que nos llaman la atención. En algún momento desaparecen. Por eso yo me dedico a guardarles en historias. Puede que ellos, sin darse cuenta, te den algún tipo de lección que tú mismo has creado. Piénsalo. 

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