Hubo un día en el que me dije a
mí misma que si mi corazón se cansaba le
llevase a mis hombros hasta que recuperase el aire. El problema es que en el lugar en dónde me
encontraba no existía el aire. Por eso
suplico por el olor a caramelo de tu boca después de aquella copa de alcohol,
el humo que dejaba salir de mis labios para chocar contra tus párpados. Hasta que acabó el último cigarro del paquete
y no quedó más que una copa vacía con hielos derritiéndose, como tu sabor a
caramelo. El platito de aceitunas sin
tocar, y la barra del bar pegajosa y brillante. No nos importaba el día en que
nos encontramos en aquel bar, y nos miramos sin conocer nuestros ojos, porque
queríamos conocerlos. Los tuyos no guardaban secretos. Supe al instante con una
mirada lo que querías. Sexo. Sexo en tu cama, en mi cama, en tu coche, en mi
ascensor, en aquel lavabo público o en la ducha. Sexo. Y tú supiste que yo
quería caramelo derretido y caliente. No quería sexo, tampoco quería amor.
Quería placer. Placer dulce en un dulce noviembre. Placer
hasta romper costillas, hasta quedarme sin voz. Placer como el que me da
aquella emotiva canción pasada de moda que conozco desde que no alcanzo a
recordar, placer como el morder un bombón un poquito derretido, y que se me
quede un pegotito en el labio inferior. Placer como el calor del sol en una
mañana temprana de febrero, placer como la melodía que canta un piano en la
sala contigua , placer como la primera vez que alguien te dijo te quiero,
placer como aquel día en que la lluvia te acorraló e intimaste con ella hasta
enamorarte, placer como cuando te dijeron la frase más bonita acerca de tu
personalidad, placer como el momento de meterte en la cama después de una larga
y loca noche de fiesta, justo al amanecer, placer como cuando tus padres te
sorprendieron con algo que llevabas deseando meses, placer como cuando te
encontraste un papel arrugado en la calle y descubriste toda una historia sin
principio ni fin de dos adolescentes que se escribían a escondidas en clase,
placer como cuando descubriste tu gran talento, placer como cuando fijaste tu
sueño. Ese placer. No eso a lo que llamas sexo.
No queda alcohol ni tabaco, y
el coche está a la vuelta de la esquina. Asfixiado mi corazón me lo eché a los
hombros y esperé a que volviese a sentir su aliento tranquilo en mi nuca. No
rechazaré a tal apuesto tipo de barba de tres días y sonrisa torcida, por
supuesto que no, una vez con él, el
corazón bajó de un salto de mi espalda desbocado, pero aún así, mientras nos dirigimos
a su coche pienso: no busco lo que
él llama “un polvo”, ni tampoco enamorarme, si no llegar al orgasmo con las
pequeñas oportunidades que me ofrece la vida.
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