Soy carne.
Soy cebo. Soy ese piano con ansias de ser tocado por aquel maravilloso pianista. Soy deseable solo por un momento. Te has quedado mirando aquella foto
que encontraste por casualidad, mi piel en blanco y negro te seduce,
¿verdad? Atontado con las negras medias de encaje que se ajustan a mis muslos
con silicona, fáciles de quitar con sutileza. ¿Qué tiene? Te preguntas. ¿Y tú? ¿Qué tienes? Yo dejaba que me
arrancaras las medias para dejarte correr por mis piernas, o correrte entre
ellas. Dejaría la ventana abierta para que el sol se impregnase en mi cabello
rojizo y darte todo el morbo que necesites, dártelo todo. Todo. La primera vez
que vi tu cara no me llamaste la atención. Pero luego. . . uff luego, qué cojones tenías después que no
tenías antes. Ojalá volvamos a cruzarnos y acabemos enredados. Enredarme a ti,
en tu cuello, en tu pecho , en tu cintura. En tu cintura. Que bailaría en tu
cintura a pesar de que no tengo la mínima idea de bailar, improvisaría con
todas mis ganas. Tu única misión es tirar de mi hilo y acercarme unos cuantos
centímetros a ti, que una vez vea tu sonrisa sabré que será adecuado dar el
paso y comenzar a bailar.
Si me tocasen como Paterlini toca el piano...
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