El espejo la saluda,
le devuelve una leve sonrisa, no por leve mentirosa. Y se ve bonita, muy
bonita. Sus ojos brillan tenuemente y su piel parece frágil. Se suelta el
cabello, ese color ardiente y cálido y cae acariciando sus hombros desnudos. Se
siente sensual. Poco a poco deja caer la toalla sujetándola por el pecho,
notando una pizca de frío en la espalda, que hermosa se va descubriendo hasta
llegar a los muslos. La toalla cae al suelo y ella se siente a gusto con su
cuerpo. No es perfecto, pero está agradecida. Sin embargo, en una de las
múltiples vueltas que ha dado sobre sí misma se descubre el error. Sus
costillas por encima de la tripa son visibles... espantosamente visibles. Gira
con miedo para verse el perfil mientras levanta cuidadosamente el brazo y
descubre tres costillas sobresaliendo alrededor de su cuerpo, bajo su piel. El
horror la invade y vuelve a mirarse la cara, afilada y algo más chupada de lo
normal. Sin vestirse huye y a toda velocidad busca, busca, busca...
Una ola de cuerpos
esqueléticos comienza a proyectarse en su cabeza, famosas consideradas
anoréxicas cuyos brazos son iguales a los suyos, cuyas cinturas no tienen mucho
de diferencia y cuyos rostros parecen haber sido exprimidos.
Con los huesos rotos
y la piel seca. Se siente tan vacía que no es capaz ni de engordar. No se
siente bien, no se siente bonita. Nadie la hace sentir bonita. Nadie.
¿Y sabéis qué? El
peor castigo para una mujer es no sentirse bonita.
«Los dulces sueños están hechos de esto. . . Todos están buscando algo. . . Algunos quieren usarte, otros ser usados por
ti. Algunos quieren abusarte, otros que les abuses. . .

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