viernes, 9 de noviembre de 2012

El cuarto de baño de Ana.


Un baño. Baldosas de piedra por el suelo y las paredes, una bañera de porcelana  de un color blanco brillante a juego con el lavabo y el váter. Un espacio no muy grande, con un pequeño armario de madera oscura apoyado en una de sus cuatro paredes. Un cuarto de baño. Llamémoslo “El cuarto de baño de Ana”. Ana es una joven, recién estrenada en sus dieciocho, muy centrada en sus estudios y aún con una cabeza loca llena de deseos y despreocupaciones. Pero ¿a quién le importa la vida de Ana? Sin embargo ella, cuando se mira en el espejo de su cuarto de baño piensa. Piensa. Imagina. ¿Qué ha podido ocurrir allí? Dado que sus padres tienen aquella casa desde 1982, han podido ocurrir miles de cosas. Ana recuerda aquella vez, mientras estaba sentada en el váter, con el papel higiénico en la mano, despeinada y recién levantada, cómo descubrió diminutas hormigas rondando por el embaldosado y dio un grito demasiado desagradable a su madre. Hace ocho horas de que ocurriese aquello, su hermana pequeña había mezclado todos los productos cosméticos que había encontrado en una taza de plástico de juguete, de color rojo, importante detalle. Ana, al descubrir que la mitad de los botes estaban más vacíos de lo normal, se agarró un berrinche en el que acabó enfrentada a su madre. Hace cuatro horas de que descubriese la patrulla de hormigas explorando el terreno frío y grisáceo de piedra, se había encerrado en su cuarto llorando debido a las múltiples discusiones con sus padres. Hace cinco días de ello, Ana había descubierto un lunar nuevo en su ingle mientras se depilaba para que a la misma tarde, un chico se presentase en su casa y cansado de la monotonía de la cama se la llevase a la ducha para continuar excitándola y penetrándola empapados de algunos de los productos que en ese momento continuaban en sus botes. Algo parecido ocurrió hace veinte años, entre sus padres, pero eso es algo que Ana no sabe, y seguro no le agradaría saber. Hace treinta, cuando sus padres compraron el piso, compartieron sexo desenfrenado por cada uno de los rincones de su casa gobernada por el eco y apenas amueblada, incluido, el cuarto de baño de Ana.  Un mes después del incidente de las hormigas, Ana cortó con el chico y volvió a encerrarse en su cuarto de baño, a llorar desconsolada apoyada en el rincón frío de la bañera mientras el agua fría camuflaba sus lágrimas. Ana solo tendría que esperar medio año más para conocer a otro chico, que posteriormente también visitaría su casa y haría sus necesidades en su baño. Al terminar de lavarse las manos, cotilleó el armario de Ana, analizando hasta el cepillo de madera del pelo. Esto Ana no lo supo jamás. Supongo que todos lo habremos hecho alguna vez, incluso sin intención de fisgonear. Hace cinco años de esto, Ana intentaba maquillarse para una fiesta en sus trece años. Sinceramente, quedó horrible y dejó el lavabo como un cuadro de Picasso, a juego con su cara. Tres años después se alisaría el cabello con una plancha mientras su mejor amiga se embadurnaba de espuma sus elegantes rizos. Un par de años después recordaría lo que se rieron encerradas en su cuarto de baño, pues dejaron de ser amigas. Diez años después, Ana, ya independizada, visitaría a sus padres y descubriría una nueva reforma en el baño. Otros diecisiete años después, su hija menor se quedaría encajada en el orinal y acabaría llorando gritando con todas sus fuerzas pidiendo socorro a su madre. Muchos años después, aquella casa no sería de Ana, sería de Fernando, un joven treintañero que vivirá con su Golden Retriever  solos, cambiando el sentimiento de Ana y volviéndose a reproducir muchas de las secuencias nombras, pero en distinta situación y con distintos protagonistas. A los tres años de que Ana encontrase las hormigas, descubrió a su vecino cantando en unos tonos altibajos incontrolados al otro lado de la pared. Retrocediendo a su niñez, Ana y su padre se encerrarían en el baño para dejar suelto a un hámster sin que se escapase, jugando con él, Ana riendo con seis años feliz entre los brazos de su padre.  Once años después, Ana se quedaría sola en casa y se daría un baño caliente de sales minerales mientras se fuma un porro de marihuana escuchando su canción preferida. Ocho años después, antes de que Ana se enjuagase el cabello metida en la ducha, recibiría una llamada urgente y con la prisa se resbalaría dándose un fuerte golpe en la cabeza que le causaría un importante traumatismo.  Unos días después, saldría del hospital sana y salva y durante el resto de sus días en aquella casa, utilizaría una alfombrita de plástico para no volver a resbalarse. Siete años antes de que su hermana mezclara sus potingues, Ana lavaría a su pequeño perro de dos años, mientras él trataba de liberarse de la tortura del jabón.  Quince años después, Ana se masturbaría pensando en su jefe de trabajo apoyada en la puerta, de frente a su espejo, hasta llegar al orgasmo. Ana murió, dejando cada uno de sus momentos en aquel baño olvidados en el pasado. Nadie se acuerda de tantas cosas, ni si quiera Ana. Y es una pena. Cuántas escenas reales damos por inexistentes una vez olvidadas… Realmente Ana, cuando se miró en el espejo al comienzo de esta pequeña historia, solo quería reventarse una espinilla que le había salido en la barbilla. El cuarto de baño de Ana desapareció en el año 2094, cuando decidieron demoler el edificio para construir uno mucho más moderno. Adiós, cuarto de baño de Ana. 

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