Es triste. Tan triste como soplar y no saber
donde acabará aquel soplido. Como tirarse de un edificio convencido de que
puedes volar. Pero no. En estos tiempos los sueños están por debajo del dinero
y la tecnología.
Pasar el rato antes era sentarse sobre el
césped bajo un árbol, con un libro abierto en los muslos respirando el aire
puro de la montaña, escuchando los pajarillos madrugadores y ver a lo lejos los
ciervos que se cobijan en las sombras. Antes, pasar el rato era asistir a una
sala de jazz y ver a ese enorme y grandioso grupo que provocaba orgasmos a
través del tímpano. Antes pasar el rato era pasear en una balsa por el lago o
colarse en un velero mar adentro. Antes sabíamos disfrutar. Estoy empezando a
pensar, pesimista de mí, que si el 2012 hubiese acabado con nosotros habría
hecho un favor al universo.
Deja el móvil. Si recopilásemos los diez
minutos, que a ti te parecen dos, que esperas mirando cada contacto, esperando
una nueva conversación, esto unas cuatro veces al día, más otros 10 minutos
observando aplicaciones, media hora jugando a un juego
e innumerables horas chateando con ese chico al que viste el día
anterior se te ha ido un año entero dedicado a las nuevas tecnologías.
¿Y sabes lo más curioso? Que luego eres tú el
que te lamentas por perder el tiempo y no estabilizar tu vida, si te has pasado
semanas enganchado a un juego online.
Antes, a chicas de mi edad nos decían que
teníamos que buscarnos un marido con dinero y estabilidad. Luego los cuentos
nos engañaban con aquello de "el amor no tiene condiciones". No os
engañéis chicos, pero somos muchas las que buscamos un hombre que tenga claro
lo que quiere, y no por nuestro futuro, si no por el suyo.
Sinceramente, no quiero pasar mi vida con un
hombre que esté día tras día lamentándose de no haber cumplido lo que
se propuso. Quiero un marido orgulloso de su vida. No rico. ¿Qué importa estar en la ruina siempre y cuando sea tu sueño el
que te lleve siempre de la mano?
Es triste, tan triste como tirarse de un
edificio convencido de que puedes volar.
La
vida se mide en pasos. Y tú te has sentado frente al
ordenador, desperdiciando cinco años de tu juventud en redes
sociales, juegos y ocio inútil.
Si no tienes dinero para ir a un directo de
jazz, para montar en velero o viajar a los Andes, proponte conseguirlo, porque
sentado en tu silla no presionarás al cielo a que deje llover dinero. Por cada
paso que das, se abre una puerta, y otra, y otra, y eres tú el que decide pasar
de largo o atreverse. Cada puerta es un futuro. La silla es otro. Pero cuando
quieras levantarte las puertas se habrán cerrado.
Es triste como observar un barco en un cuadro
queriendo navegar, o como admirar el mismo cuadro queriendo aprender a dibujar
sin atreverse.
Es triste salir a la calle y tener presente
que ni la mitad de los jóvenes sin un futuro fijo están sentados en su
silla.
Aunque por mí, quedaos sentados, más puertas para
mí.


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